Sarkozy, la brújula de la derecha francesa, desorientada por los tribunales

París, 28 feb (EFE).- El expresidente francés Nicolas Sarkozy sigue siendo, casi una década después de su salida del Elíseo, la brújula de la derecha francesa, aunque su capacidad de influencia se ha visto visiblemente dañada por las numerosas causas que tiene abiertas ante la Justicia, que mañana dará a conocer la sentencia de un juicio en su contra por corrupción y tráfico de influencias y en el que la Fiscalía ha pedido para él dos años de prisión firme

El último conservador en el Elíseo (2007-2012) se mantiene a distancia de la primera línea política desde que a finales de 2016 perdió las primarias para volver a ser el candidato presidencial de su partido, Los Republicanos.

Pero a falta de otro líder capaz de encarnar el proyecto conservador en Francia, su voz sigue marcando el rumbo y nadie osa alejarse demasiado de sus postulados.

Por eso, la derecha y la clase política en general están muy pendientes de sus peripecias judiciales, convertido en el primer expresidente que se sienta en persona en banquillo de los acusados, último rescoldo del poder del que gozó y que ahora parece quebrantar su capacidad de influjo.

Tras más de 4 decenios en la política, Sarkzoy aspira a sacudirse las acusaciones y recuperar el liderazgo moral de su campo político, apoyado en su capacidad para aprovechar en su interés incluso los golpes desfavorables.

La vida de Sarkozy se resume en una constante lucha por el poder pese a las circunstancias. Un rumbo que no abandonó cuando los franceses le convirtieron en 2012 en el segundo presidente que perdía la reelección desde que ese cargo se elige con sufragio directo.

Una metáfora de este “bregador” de la política, formado en las faldas de Jacques Chirac, a quien se apegó en 1975 y de quien se distanció 20 años más tarde para, tras una dura travesía del desierto, combatirle de forma encarnizada a partir de 2002 en busca del máximo escalón del poder en Francia, el Elíseo.

LA RUPTURA

Lo conquistó en 2007 frente a la socialista Ségolène Royal, tras haberse confeccionado un traje de derechista sin complejos, el de la ruptura frente a la moderación “chiraquiana”, que le permitió ganar buena parte de los votos de la ultraderecha que cinco años atrás habían aupado a Jean-Marie Le Pen a la segunda vuelta de las presidenciales.

Una vez en el Elíseo, Sarkozy propulsó una política conservadora, anestesió a los sindicatos imponiendo los servicios mínimos en la Administración y en grandes empresas públicas, lo que le permitió reformar las pensiones y los salarios sin tener que afrontar duras protestas en la calle.

Pero la crisis económica que estalló en el mundo en 2008 restó lustre a sus reformas, incluso para el electorado más derechista, y atenazó sus proyectos.

En una nueva pirueta, Sarkozy prometió “refundar el capitalismo”, pero apenas fue más allá de dar la imagen de un presidente hiperactivo que corría a apagar incendios.

Asiduo al “papel cuché”, cercano a los adinerados, su imagen empezó a desentonar con su discurso de defensor del trabajo, el esfuerzo y la responsabilidad, de la Francia que madruga.

Todo ello desembocó en una dolorosa derrota frente al socialista François Hollande tras una campaña en la que Sarkozy se acercó a los postulados ultraderechistas.

La estigmatización de la inmigración, el afianzamiento de la identidad francesa, cristiana y europea, el repliegue interior y el refuerzo de las fronteras, han marcado desde entonces la carrera de un político que ha ido abandonando su tradicional pragmatismo.

ASCENSO METEÓRICO

Abogado y diplomado en ciencias políticas, nacido en París en 1955 en una familia aristocrática de origen húngaro, Sarkozy creció criado por su madre, hija de una judía de Salónica, y por sus abuelos.

Con 28 años fue alcalde de la burguesa localidad de Neully-sur-Seine, a las afueras de París (1983-2002), diputado con 33 y ministro de Presupuesto con 38 (1993-1995). Un ascenso que se truncó cuando en 1995 optó por la candidatura presidencial de Edouard Balladur frente a la de su mentor Chirac.

Una “traición” que le valió un largo exilio político y un distanciamiento con Chirac, el hombre central de la derecha en los 80 y los 90, que solo le amnistió cuando en 2002 necesitó su tirón electoral, su lenguaje franco y sus maneras llanas, alejadas de las élites que tradicionalmente han gobernado el país.

Sarkozy aprovechó esa oportunidad para galvanizar su imagen de hombre de Estado, tanto desde el puesto de Ministro del Interior (2002-2004 y 2005-2007) como desde el de Finanzas (2005). Se presentó como una alternativa a los doce años de mandato de Chirac, pese a haber sido el número dos de su Gobierno.

Un trampolín que le llevó al Elíseo, donde forjó una nueva forma de gobernar, que acabó por quemarle las alas.

Casado tres veces, la última con la exmodelo y cantante de origen italiano Carla Bruni, padre de cuatro hijos, abuelo, Sarkozy no ha dudado en mediatizar su vida privada para reforzar su imagen presidencial.

Luis Miguel Pascual

(c) Agencia EFE

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